1560107032 septiembre 2016 kaloian 61 1280x480 - Muerte del piropo | OnCuba News

Muerte del piropo | OnCuba News

El piropo cubano es una herencia de la hidalguía y la galantería españolas. Expresión de unos códigos sexistas en los que el hombre estaba llamado a llevar siempre y en todo momento la iniciativa, en sus orígenes esta práctica cultural perseguía indicar la belleza de una mujer para llevar el juego a las ligas mayores en caso que el ademán fuera correspondido. La tradición los recoge de múltiples tipos: poéticos, culinarios, humorísticos… unos han perdido su motivación; otros subsisten, si bien sin la eficiencia que acostumbraban a tener otrora.

Los humorísticos clasificaban entre los más efectivos debido a su articulación con la idiosincrasia nacional y a la sencillez con que desataban una sonrisa que actuaba como puente y dejaba elevar la relación intersexual a un nivel superior, alén de lo casual. Así le hizo mi abuelo en la lancha de Casablanca a quien después sería su mujer a lo largo de más de cuarenta años, y que acá no relato por un déficit de espacio.

Su primordial garantía se situaba en los dominios de una sexualidad elíptica, conforme la había desarrollado la cancionística popular de las primeras décadas del siglo veinte con estribillos como “ponme la mano acá, Macorina” o bien “si me solicitas el pesca’o te lo doy”: todo el planeta sabía a lo que remitían, mas no se nominalizaban en riguroso directo, una razón de su originalidad y funcionalidad.

Norman Mailer escribió en el momento en que la sexualidad más eficaz era aquella que no se verbalizaba ni se mostraba de forma descarnada. La Marilyn Monroe de la escena final de Algunos prefieren quemarse, el conocido filme de Billi Wilder con Jack Lemmon y Tony Curtis travestidos, activaba tan bien justamente por el hecho de que uno de los secretos de su condición de símbolo sexual consistía en sugerir, no enseñar.

Pero la crisis cubana, que todo lo invade, ha polucionado esa práctica con las groserías más rampantes, de tal modo que la elipsis y la poesía se han visto alejadas por la procacidad y el lenguaje soez.

Por eso, en buena ley muchas mujeres consideran el día de hoy el piropo como una expresión de ataque sexual, no solo por la agresión verbal que implica en sí, sino más bien asimismo por el hecho de que de manera frecuente va acompañado de una gestualidad que remite de forma directa al sótano del cuerpo masculino y con un nivel de lascividad que semeja exceder cualquier contención civilizatoria.

Es que la vulgaridad se extiende como un gato sobre todo el tejido social, donde las llamadas malas palabras han perdido su empleo histórico (y efectivo) para transformarse en simples interjecciones o bien en lexicalizaciones del mal gusto.

A principios del pasado siglo, un artista de las vanguardias europeas había escandalizado al público por poner un mingitorio en una exposición, lo que significaba, entre otras muchas cosas, otorgar valor estético al sitio de la excrecencia; después un versista francés de origen rumano llamado Tristan Tzara puso a una joven vestida de blanco a recitar palabras impúdicas en una actividad social, para escándalo de los espectadores.

Pero en Cuba esta epatancia se ha visto extensamente rebasada por la realidad monda y lironda: en las calles los penes y los testículos vuelan en boca de adultos, jóvenes, adolescentes y niños; de los dos sexos. Un nivel de cotidianeidad que ahuyenta hasta a los menos conservadores.

En la cultura cubana, el primer piropo documentado fue una canción cantada en frente de una ventana oriental, allí por los años cincuenta del siglo XIX. Comparando a una joven bayamesa con un sol brillante, la tonada empezó una práctica trovadoresca de larga data en la que la mujer formaba el centro, vista como beldad, perversidad o bien fatalidad, mas siempre y en todo momento respetada como ser humano:

No recuerdas, gentil bayamesa
Que fuiste mi sol refulgente
Y risueño, en tu abatida frente
Blando beso imprimí con ardor.

No recuerdas que un tiempo dichoso
Me embelesé con tu pura belleza
Y en tus senos doblé la cabeza
Moribundo de dicha y amor.

El Diccionario define al piropo como un “granete de color colorado usado en la joyería”, lo que remite a las claras a su valor metafórico-sexual prístino. Tal vez la exacerbación de este color forme el día de hoy su sentencia de muerte, quemado no solo por el candente calor del Trópico, sino más bien sobre todo por una onda expansiva que es como un derrame de petróleo sobre el mar, apestando.

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