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El “período especial”, un trauma que acecha a los cubanos


Cola para adquirir en un centro comercial de La Habana (Foto Internet)

LA HABANA, Cuba. – Casi 30 años tras padecer una de las peores crisis de su historia, el espectro del “periodo especial” vuelve para avizorar a Cuba como un trauma colectivo no superado que reaparece fresco en un instante bastante difícil para la isla, atrapada entre su ineficiente economía y las sanciones de la administración de Donald Trump.

“Fueron tiempos durísimos en los que nos volvimos violentos y egoístas”, recuerda el actor y dramaturgo Luis Mesa en uno de los testimonios del libro “No hay que llorar”, descarnada memoria que revive los duros años de la década de 1990, cuando la caída de la Unión Soviética dejó al país sin subsidios ni salida inminente.

Bautizado por el fallecido dictador Fidel Castro como “periodo singular en tiempos de paz”, fue una etapa en la que la economía cubana entró en recesión. Entonces, muchos presagiaron el colapso del régimen. De golpe, la isla quedó sin su primordial patrocinador y los cubanos comenzaron a sentir en carne propia una escasez que se volvería crónica y para la enorme mayoría derivó en una necesidad incesante de monopolizar comestibles y artículos de higiene “por si quizás no vuelven a sacar” en las tiendas.

“Fue una dura escuela. La peor. Tuvimos que aprender a vivir con la ‘opción cero’. No había comida, no había ropa, no había comburente para la electricidad, para cocinar. Hacer 3 comidas al día era un lujo para muchos”, cuenta a EFE Alberto, un profesor retirado que “aún siente escalofríos” cuando recuerda de qué manera se sentía cuando sus hijos lloraban por apetito y “lloraba por ellos”.

El cubano tuvo que aprender a desprenderse de lo superfluo: todo lo “vendible” se cambiaba por dinero o bien los artículos de mayor necesidad (lignito, keroseno, comida, limpiador), la madera libre se transformaba en comburente y las baterías de los automóviles se empleaban en plantas eléctricas artesanales.

Fue la temporada de la innovación y la inventiva para subsistir. También fue la etapa en la que el humor se transformó en el reflejo más leal de la resiliencia de los isleños, que ideaban rechistes sobre “alumbrones”, llamaban “conejos de azotea” a los gatos que comían y “jabón angolano” a “echarse agua y pasarse la mano”.

Los habitantes de las zonas urbanas aprendieron a cultivar cada parche de tierra libre y a viajar “al campo” para mudar comestibles por ropa, en bastante difíciles peregrinaciones debido a que el transporte público se redujo en más del 90 %.

Mientras, en las zonas rurales el índice de calidad de vida padeció una caída libre de la que no se ha recuperado hasta el día de hoy, responsable del éxodo cara las urbes y la carencia de fuerza laboral que afecta aún al campo agrícola cubano.

“Soy lo que llaman ‘una pequeña del periodo especial’ por el hecho de que mi niñez la pasé entre apagones, alegatos de Fidel (Castro) en la TV, colas en las bodegas, largos recorridos en bici y despedidas. Cuando me di cuenta, más de la mitad de mis amigos se había ido del país”, recuerda Alicia, una ingeniero de 33 años.

Miles de cubanos emigraron a Estados Unidos a lo largo de la famosa como “crisis de los balseros” en 1994, enmarcada en una serie de secuestros de embarcaciones y el “Maleconazo” de agosto de ese año, considerada la mayor queja pública contra régimen castrista, que decidió permitir las salidas por mar.

“Me da pánico meditar siquiera que podemos retornar a ese tiempo. No creo que pueda resistir otra vez”, asegura Paquita, de 63 años, al oír “cómo vuelve a sonar el dichoso término” en las palabras de Raúl Castro, que instó el 10 de abril pasado a “estar dispuestos para la peor variación de la economía”.

Su sucesor, el presente gobernante Miguel Díaz-Canel, advirtió solo 3 días después que “la crueldad del instante demanda establecer prioridades bien claras y definidas, para no retornar a los bastante difíciles instantes del ‘período especial’”, que se atisba en la escasez cíclica de comestibles como leche, huevos, pollo y harina.

“Es una suerte de pavor generalizado”, medita esta ama de la casa, quien, asegura haber presenciado “más de una riña en una cola para adquirir pollo o bien aceite”, productos “en falta” en las tiendas estatales y que se venden racionados, a 2 artículos por consumidor.

“Quizá es que jamás se ha acabado, por el hecho de que no recuerdo que alguien haya decretado el fin del ‘periodo especial’”, añade.

La semana antepasada en la sesión del Parlamento donde se decretó la nueva Constitución, La Habana anunció una serie de medidas para eludir un colapso como el de los noventa, una amenaza poco a poco más real frente a la crisis en Venezuela, primordial aliado económico de Cuba, que ha rebajado drásticamente sus envíos de crudo subsidiado.

Las nuevas sanciones de Washington, que dejará demandas en sus cortes por propiedades decomisadas tras 1959, limitará las remesas y complicará todavía más los viajes de sus ciudadanos, asimismo procuran presionar al régimen, que trata de reflotar su maltrecha economía con la inversión extranjera y el turismo.

“Cada vez que pensamos que se marchan a abrir los espacios, puesto que pasa algo, es tal y como si fuera una maldición cíclica que nos persigue, y de súbito se vuelven a cerrar esos espacios”, reconoció hace poco en una conferencia el escritor cubano Leonardo Padura.

(EFE)

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