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Cuba: Un ladrón anda suelto


Médicos cubanos (Foto fichero)

LA HABANA, Cuba.- El 12 de enero del año vigente Díaz Canel denunciaba, en su cuenta de Twitter, los intentos del gobierno de los Estados Unidos de “imponer” el programa “Parole”, al que catalogó de: “perverso recurso para alentar el hurto de cerebros”, asegurando que “se trata de una campaña anticubana más, que manifiesta la impotencia imperial frente a las conquistas revolucionarias”.

Sin dudas, el gobernante cubano no visita habitualmente el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, en caso contrario no afirmaría semejantes necedades. Yo que frecuentemente lo consulto, sé que el hurto es un delito que se comete apoderándose, con ánimo de lucro, de una cosa extraña, y donde se emplea violencia o bien intimidación sobre las personas. El Mataburro asimismo considera hurto a esa sustracción de fichas y cartas que se genera en el juego de cartas y en el dominó.

Si atendemos a esas definiciones resultaría absurdo estimar que los médicos, que no son cosas, puedan ser robados, salvo que el gobierno los considere simples fichas de su dominó. Esos médicos, y cualquier otro profesional, deciden de forma voluntaria el viaje o bien, para delimitar con más precisión, la escapada. Un viaje “definitivo” no se emprende sin pensarlo bien, de ahí que supongo que en casos como estos el silencio resultaría más ventajoso al presidente, y a su gobierno.

No sé si a “Palacio” llegan noticias de las mofas que padece esa “revolución” que formó médicos para entonces considerarlos “cosas” de su propiedad, y que reparte por el planeta a cambio de dinero y otros recursos. La exportación, como fuente de ingresos, es indispensable en el planeta moderno, mas no es exactamente lo mismo exportar níquel, que hombres y mujeres de batas blancas que abandonan sus familias para cebar las bolsas del gobierno a cambio de unas pocas “monedas baratas”, y esto, debía reconocer el presidente tuitero, es considerablemente más próximo al hurto que a los ofrecimientos del programa “Parole”.

El hurto se hizo costumbre en Cuba, y no pocos son los que con él acuerdan. Yo mismo lo padecí 12 días antes que Díaz Canel denunciara los presuntos intentos de “desfalco” de profesionales de la salud. Así despedí el año, padeciendo el hurto de mi móvil. Comencé a vivir el año nuevo en la Cuarta estación de policías de La Habana, esa que se levanta en la calle Infanta esquina a Manglar, y bien que recuerdo la alarma de los guardas por la cantidad de delitos que se habían cometido a lo largo de ese día que precede al “triunfo”.

Ya transcurrieron 3 meses, y algo más, desde aquella funesta jornada en la que fui tratado como delincuente, cuando realmente era el inocente a quien habían desposeído de su teléfono, el que sería entonces vendido. Ya pasaron 3 meses y fui tan iluso que creí en la posibilidad de que apareciese, sobre todo por el hecho de que la policía, su “técnica”, identificó a la “nueva dueña” y su sitio de vivienda, mas prosiguió pasando el tiempo y nunca me devolvieron el “aparato”.

¿Acaso la receptación no se considera delito en Cuba? ¿Tendrá todavía el teléfono esa mujer? ¿No resultaba esencial su testimonio a fin de que las “autoridades” conociesen la auténtica identidad del ladrón y después dar con su localización? ¿Habrán detenido al bandido? ¿Lo habrán juzgado? ¿Estará en la prisión? ¿No sería justo que volviese el teléfono a mis manos? Las contestaciones son tan claras como el procedimiento que decidieron para empantanar el tema.

El teléfono jamás fue devuelto a la víctima, sobre todo por el hecho de que cambió el victimario; la policía desplazó al ladrón, y se puso en su sitio para castigar todavía más a la víctima, un cronista independiente que habitúa a denunciar los desmanes que provocan el gobierno y sus instituciones. Tres serían los encargados de descubrir el paradero del teléfono y localizar al ladrón, mas ninguno “resolvió”.

El primer policía asignado al caso duró tan poco que no recuerdo su nombre. Luego Yunelvis, una chica rubia, y sobremanera delgada, se ocupó de descubrir, mas muy pronto me hicieron saber que había sufrido una “amenaza de aborto”, y que el primer teniente Alexei Pita, con quien no tuve encuentro alguno, se encargaría del asunto; padecí entonces la insolencia y las groserías de un oficial de apellido Millán, quien, tras mis reclamos, acabó insinuando a puro grito y ya antes de colgar el teléfono que me quejara en el sitio que me viniera en gana.

Sin dudas todo estaba decidido; el ladrón había resultado de enorme utilidad a la policía y asimismo a la “revolución”. Este ladrón se transformó, para ellos, en una suerte de Robin Hood, un bandido que birlaba a los “malos”, a esos que “están tan lejos del pueblo”. Este ladrón, tan déspota y ladrón como Robin Hood, serviría para asustar, para silenciar las demandas de alguien que se atrevía a enjuiciar a una “revolución” a la que incluso presentan como justa y benefactora.

Es taimado, mas degenerado, que la policía se aproveche de un criminal para castigar a alguien que piensa y actúa diferente a lo que suponen que es la justa regla. Tolerar el hurto es un delito enorme, permitir al ladrón es una ignominia a la ley, dejarlo suelto favorece el vandalismo, mas prefirieron castigar a la víctima, atemorizarlo a fin de que se decidiese por el silencio cómplice, lo que sin dudas no lograron hasta el día de hoy.

En Cuba el delito es castigado en ciertos casos y en otros es silenciado, especialmente si es un hurto útil a la policía y al gobierno. En Cuba la justicia no es exactamente la misma para todos y las autoridades la manejan a su antojo, haciendo que ciertos sean más frágiles que otros. Es inmoral que la corporación policial desatienda la seguridad de quienes no comulgan con sus presupuestos. Y a lo largo de 3 meses aguardé, pensé en el “beneficio de la duda”, ya no.

Son muchas las insatisfacciones que vivimos los cubanos, y la inseguridad es una de las “conquistas” más significativas en la Cuba de el día de hoy, por el hecho de que entre los guardianes asimismo abundan los émulos de Bonnie y Clyde, de Dick Turpin y Robin Hood, y si bien aparezca el ladrón y lo robado no siempre y en toda circunstancia va a haber castigo y devolución, mas proseguiré escribiendo, y solo dedicaré cortesías a la justicia.

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