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Cuba, la culpa de que nunca se arregle es de nosotros

Varias personas charlan al lado de un retrato del Che Guevara en La Habana (foto: EFE)

LA HABANA, Cuba. – “Somos los culpables”, es lo que chilla una señora mientras que lucha por subir a un ómnibus lleno de personas. Otros asimismo apoyan la aseveración y hasta protestan con una especie de Mea Culpa por todo lo que va mal en el país donde viven.

“Esto se ha puesto malo por nosotros mismos” o bien “la culpa de que nunca se arregle es de nosotros” son oraciones que se han vuelto recurrentes tanto en las calles de la isla, en las redes sociales, en los artículos periodísticos que tratan el tema Cuba, como en la retahíla de comentarios que estos provocan entre los lectores.

Los noticiarios de la T.V. cubana han hecho su trabajo en eso de afianzar el sentimiento de culpabilidad.

No hay emisión en que falten 2, 3 y hasta diez intervenciones de altos líderes del país o bien de las “organizaciones políticas y de masas” donde se enfatice la idea de que vamos mal como país no pues se insista y persista en centralizar la economía sino más bien pues hay quienes, en el pueblo, se niegan a un “cambio de mentalidades”, o bien que no se genera comestible suficiente pues la gente se ha cruzado de brazos.

“Hay que suprimir la mentalidad importadora”, proclaman, tal y como si importar y exportar fueran atributos de los ciudadanos de modo individual y no actividades exclusivas de un organismo estatal.

“Hay que elevar la productividad”, ordenan, tal y como si de los obreros dependiese tanto el flujo incesante de materias primas como la planificación de unos fondos que se evaporan en un sistema de finanzas estatal centralizado.

“Hay que generar residencias y observar el levanta de los precios”, afirman, repiten y producen sofocación en quienes lo escuchan de boca de esos “cuadros-sacerdotes” que han transformado una ideología política en religión.

De hecho, en las religiones la culpabilidad es un sentimiento esencial para sostener el control puesto que produce inestabilidad sensible, inseguridad, necesidad de gustar, de excusarse y de que la autoridad reafirme el perdón, elementos que hacen a la persona enormemente receptiva en frente de cualquier valoración externa, haciéndosele realmente difícil decir no, aun ante situaciones y labores que por norma general hubiese rechazado.

Hoy andan por ahí, entre nosotros, esos grandes culpables y también inculpadores que ya ni tan siquiera imputan al “bloqueo” o bien al gobierno el cúmulo de frustraciones, faltas, absurdos, desalientas, enojos, tristezas que sufren sino más bien que aceptan o bien atribuyen la culpabilidad a otros inocentes tal vez pues es lo que les han inculcado a lo largo de décadas en las reuniones sindicales, en las asambleas del Partido Comunista, en los Comité de Defensa de la Revolución, en las escuelas donde estudiaron o bien asisten los hijos.

También están los que, habiéndose marchado al extranjero por conveniencia, hartazgo, exilio o bien aventura se atribuyen el derecho a declarar culpables de su desarraigo a esos que quedaron atrás, tal y como si todos fueran cómplices de la propia realidad que encaran o bien sufren.

Pero no muy, muy diferente de aquellos son los que han llegado a pensar que irse de Cuba es traicionar a la patria, pues aspirar a una casa, un carro y un sueldo digno, un ideal de vida y de familia es burgués y es ególatra, cuando es una aspiración personal tan válida y magnífica como la de aquel a quien le es suficiente con un techo de cartón y un pedazo de boniato para sentirse feliz.

Asumir que somos culpables absolutos de “nuestra pobreza” o bien de “nuestro inmovilismo social” es un fallo enormemente perjudicial y la culpa cada vez se ha ido encarnando, arriesgadamente, en las víctimas para infundirles ese efecto desorientador, paralizante y destructor del que charlan los sicólogos cuando alguien o bien un conjunto la sufren de modo patológico.

El sentimiento colectivo de culpabilidad se ha ido forjando desde ese alegato manipulador donde los líderes son infalibles y, por ende, los únicos con la capacidad para trazar o bien corregir el camino que “otros” distorsionaron, haciendo de la política un dogma que aunque pudiese sostener a un conjunto en el poder por cierto tiempo más, en un largo plazo va a dar al garete con los pilares de bienestar, orgullo, realización personal y colectiva, inventiva, participación y libertades sobre los que debe alzarse cualquier nación.

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